Cécile McLorin Salvant. Festival de Jazz de València. Teatre Principal, 07/07/2021

 


A veces, sólo a veces, parece que las cosas hayan vuelto a ser como eran antes. Tengo esa sensación sobre todo en torno a la música. Volver a disfrutar de conciertos, aunque de forma mucho más espaciada y no sin cierta extrañeza por las medidas que deben observarse, es lo más cercano a recuperar una vida, la nuestra, la de los que vivimos a través de la cultura, que desde que un bicho nos la arrebató ya ni se sabe cuándo, parece una toda una utopía. 

Recuperarla, además, en un espacio seguro como el Teatro Principal de València, que hace honor a su nombre situándose a la vanguardia de la escena valenciana en cuanto a medidas sanitarias y en el marco de un festival tan bien llevado y organizado como este de Jazz de València -digno de los más estruendosos vítores el que este año pueda celebrar su edición número 23-,  no tiene precio. Para todo lo demás, la tarjetita del banco. 

Además, a los músicos se les nota una actitud diferente: tras tanto tiempo sin poder hacer su trabajo, lo valoran de otra manera. Están agradecidos de volver a pisar un escenario, en frente de un grupo de personas real, no frente a una pantalla. Basta de streaming, vivamos emociones reales. Y ellos se emocionan igual que un público que casi no puede creer que esté viendo lo que ve. Hemos pagado todos un alto precio (y no me refiero al de la entrada), justo es que haya compensaciones. Esperemos que duren. 

Precisamente, así de entusiasmados parecían la portentosa cantante norteamericana Cécile McLorin Salvan y su pianista Sullivan Fortner cuando accedieron a un escenario tan ilustre como el que pisaron durante más o menos una hora y media, en que ellos y nosotros tocamos el cielo. Y es que lo de ayer tarde fue fabuloso, monumental. Tras la disculpa de la vocalista por, pese a proceder de un sitio tan latino como Miami y que la mitad de su familia sea de habla hispana, no poder expresarse en español, nos hizo saber lo muy agradecida que estaba por poder salir a realizar su trabajo fuera de su país en una estancia llena de gente. El público que abarrotaba -restricciones de aforo mediante- el teatro, le hizo saber que pensaba lo mismo y ella procedió a demostrarles su amor y gratitud cantando. 

Desde los primeros destellos de la singergia que desprenden Cécile y Sullivan en el escenario supimos todos que estábamos ante uno de esos momentos especiales que vamos a conservar en el cofrecito de nuestro cerebro durante bastante tiempo. No fueron necesarios demasiados segundos de la canción inaugural para colocarnos a todos en el bolsillo de esta fantástica intérprete, que maneja a la perfección tonalidades vocales que juguetean con graves y agudos, dulzura y potencia, al más puro estilo Ella Fitzgerald, así como una teatralización que en números tan bien servidos como el "The world is mean" de la Ópera de los 3 Centavos de Kurt Weill, dio tan buenos resultados. 

Todo ello, por supuesto, sazonado por las virguerías que el pianista Sullivan Fortner  proponía con un virtuosismo bien entendido siempre al servicio del espectáculo. En los asombrosos interludios instrumentales que nos brindó, ver moverse sus manos a la velocidad del rayo fue todo un deleite que demostraba que en absoluto estaba ahí de segundón ni acompañante. Este show es 50% de cada uno de los presentes en el escenario y así se preocupaba la cantante de hacérnoslo saber, repitiendo su nombre para que nos rompiéramos las manos aplaudiendo. 

El repertorio escogido iba desde algunos temas orginales, colocados estratégicamente y bien cocinados, -como una pieza nueva que forma parte de un proyecto conceptual que en un futuro pretende llevar a disco y película-, así como los consabidos estándares para contentar a todo tipo de público, que en este caso mostraron un excepcional buen gusto y puesta en escena: "Promises promises" de Bacharach-David, alguna de su adorada Diane Reeves y un "Spoonful" de Willie Dixon que distanció mucho en su especialmente intensa versión del original del bluesman Howlin Wolf. 

Pero lo mejor estaba por llegar: si bien se disculpó en diversas ocaciones por estar incapacitada para expresarse en nuestro idioma, para finalizar anunció que el concierto estaba dedicado a su recientemente fallecida abuela (cubana de origen) y que iba a interpretar las dos últimas canciones que cantó para ella la última vez que se vieron: "Todo es de color", de Lole y Manuel, sonó sobrecogedora, con "Y tú qué has hecho" de Compay, que su abuela le enseñó a cantar de pequeña, empezaron a brotar las lágrimas. Sin embargo, ell llanto se desató definitivamente cuando tras su primer abandono del escenario rindió al respetable una bellísima versión de la siempre socorrida y emocionante "Gracias a la vida" de Violeta Parra. Un sabio y perfecto colofón para un espectáculo sencillamente imborrable, que ha convertido nuestras vidas post-pandémicas en un día de calor especialmente sofocante en un poquito más vivibles. Gracias infinitas por ello a la gran Cécile, al inmenso Sullivan, al teatro y a la perfecta organización del festival por hacerlo posible. Como dijo alguien, 2021 aprieta pero no ahoga. 


Puedes escuchar la música de Cécile McLorin y Sullivan Fortner pinchando aquí


O deleitarte con su NPR Tiny Desk Concert: 



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